En el amplio mar, a dos kilómetros de la costa, se encuentra uno de los gigantes de pie. Un gigante muy pálido, blanco. Se reconoce gracias a una boina roja de día, y a los ojos resplandecientes de noche. Pero nuestro gigante no se encuentra sólo, ya que todos los pescadores lo conocen, lo estiman y respetan. Mar adentro, escondidas, hay varias rocas terriblemente afiladas, a las que les gusta acariciar los barcos de cerca. También atraerlos, atraparlos, y una vez en el fondo, cascarlos y romperlos. Ese es su juego, “tocado y hundido”. Si el gigante blanco no estuviese ahí, las rocas estarían jugando sin parar, y lo que es peor, ganando.
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